Ladrón

Deseosos e incluso impacientes de tu llegada, confiábamos en ti como portador de nuevas metas e ilusiones. Viajando contigo de la mano de nuevos proyectos de vida tanto en lo personal como en lo profesional.

Llegaste de madrugada un frío enero de la mano de mojados amaneceres junto a tempranos atardeceres. Entre risas y supuestas alegrías apuntabas maneras, revelando dulces momentos, alimentando esperanzas y emociones. Tejiendo todo un entramado de sueños y falsas expectativas. Pues de pronto y con apenas tres meses de vida, llegando marzo te tornaste silencioso. Y como alma errante y solitaria cubriste las calles con tu manto de soledad. Vagabundeando entre la penumbra de la incertidumbre y la frustración, sorteando los amargos silencios al doblar de cada esquina eclipsados por efímeros vientos de cautiverio.

Sin dudar ni un solo instante en camuflar la radiante luz al ver la primavera llegar. Privándonos de su infinita dulzura a cada nuevo florecer y de su incesante frescura en cada amanecer. Robándonos todos esos momentos nostálgicos en las más lluviosas tardes de abril. Impidiéndonos disfrutar del tímido renacer de cada sentimiento apresado. Como plantas incapaces de brotar en época de sequía.

Privándonos de toda esperanza en todos y cada uno de esos paseos también secuestrados de la mano de la confusión y la indiferencia ante el gris devenir de los días inciertos. Evitándonos el continuo deleite de los dulces aromas en cada nuevo horizonte truncado con tu brusca e inesperada aparición. Frenando de raíz todos aquellos planes ya preconcebidos.

Querido amigo, llegaste para embaucarnos y acabar siendo un ladrón de nuestros sueños, tiempo y libertad.

 

La brecha

Me pregunto si habrá sido una excusa más, o si realmente ha sido esta pandemia en forma de crisis sanitaria mundial la culpable de volver a poner de manifiesto malos recuerdos abriendo con ellos viejas heridas. Una antigua brecha nunca superada.

Culpa de nuestra historia reciente según algunos. Esa que aún hoy, unos cuantos lustros después nos persigue enfrentando a hermanos amigos y conocidos. Esa brecha que nos hace sentirnos obligados a posicionarnos de un lado o de otro, creyéndonos orgullosos de ello. Puesto que si no estás a favor o en contra parece que no eres nadie. Diferencias éstas por momentos olvidadas que hoy vuelven a ponerse de manifiesto.

Nos encontramos atrapados en una sociedad en la que para ser partícipe has de posicionarte. Ya desde bien pequeñito si no lo haces como creyente seras tachado de ateo. A medida que van pasando los años te sentirás obligado a decidir casi de forma inconsciente si eres de ver la vida del color de las rosas o por el contrario prefieres la libertad de las gaviotas. Mientras escoges si mirar el tiempo pasar en tonos rojos o mejor azules celestes.

Esa sociedad en la que o eres eres de tímidos aplausos entre humildes balcones o más bien de cacerolas en barrios castizos de cayetanas perfumadas envueltas en joyas, quizá incluso heredadas.

Acaso es que no necesitamos complementar nuestra mano derecha con la izquierda siendo lícito utilizar tanto una como la otra de forma indistinta para vivir.

Esas dos Españas históricamente enfrentadas que hoy arden con más ímpetu que nunca calcinando todo a su paso. Furia rabia y violencia avivan las cenizas removidas por éstos y aquellos como único alimento hasta provocar la chispa. Sin ser lo suficiente inteligentes como para darnos cuenta de que cargar contra nuestros semejantes poco o nada ayuda mientras nos desangramos internamente sin poder percibir que irremediablemente y por mucho que nos pese. Todos somos viajeros del mismo barco.

Tratemos todos de remar a la vez dejando a un lado los clichés y etiquetas preconcebidas apartando nuestras discrepancias o acabaremos por zozobrar ahogándonos definitivamente en un mar de dudas y desconcierto. Ese hacia el que ya vagamos sin rumbo ni timonel. Ese en el que sin duda ya está sumida Europa cuando de decidir sobre nosotros se trata.

Tan solo la humilde opinión de un cateto incomprendido que quizá esté enormemente equivocado.

Imágenes: Pixabay

El futuro no existe

Desde niños nos inculcan a fuego la idea de labrarnos un futuro, a pensar única y exclusivamente en el porvenir del mañana. Haciéndonos creer que sin un futuro no seremos nadie de provecho en esta jungla en la que nos toca batallar.

Nos pasamos la vida pensando en el mañana en lugar de ver con claridad el aquí y ahora. Estudiamos para lograr un buen trabajo y cuando lo conseguimos, no solo nos dejamos la piel en sangrantes jornadas de trabajo interminable. Sino que nos sentimos también en la obligación de seguir luchando por el ansia de ir a más. Sin pararnos a pensar que quizá no es sino fruto del miedo a sentirnos sujetos indiferentes dentro de la sociedad.

Ilusiones frustradas de la mano de sueños abandonados en favor de nuevas metas. Emociones que se pierden ante el frío de la continua dejadez por falta de tiempo. Falsas esperanzas inútilmente camufladas tras el difícil peso de la rutina diaria.

Desenlaces inesperados a causa de tantas ambiciones fallidas. Demasiados proyectos fracasados que se disfrazan tras los engaños de esa supuesta futura vida mejor que nunca llega. Momentos que se esfuman entre la desesperación y confusión de cada reto inacabado oculto a la vuelta de cada obstáculo no sorteado.

Sueños incumplidos, desesperación, dolor, pena, frustración…

Creemos hipotecar nuestra cuenta corriente cuando en realidad estamos empeñando nuestros sueños e ilusiones, sentimientos y pasiones, incluso nuestro propio bienestar en aras de un supuesto mejor porvenir. Sin llegar a ser capaces de ver como abandonamos entre los caminos de la frustración nuestro bien más preciado. «El tiempo». Ese tan valioso que no se compra ni se vende. Y que por desgracia ya nunca vuelve.

El tiempo pasa casi sin darnos cuenta de todos esos anhelos abandonados en los trayectos carentes de firmes propósitos. De tantas esperanzas desvencijadas y rotas en el trayecto repleto de deseos marchitos como si de una margarita desojada por los anhelos de una impetuosa adolescencia se tratase.

Evitemos vivir una vida desordenada y alborotada en medio de toda esa marabunta que nos consume a cada instante. Esa vida que en demasiadas ocasiones y muy a nuestro pesar, no nos pertenece, fruto de una realidad paralela y distorsionada dentro un mundo artificial. Sumergidos en nuestra burbuja de cristal como fruto de un ideal que, no nos engañemos, tampoco existe.

Vivamos el presente, estrujemos el momento, acariciemos cada instante recorriendo los recuerdos. De ese pasado que si existe y al que en demasiadas ocasiones dejamos escapar mientras, malgastábamos el tiempo pensando en el tan ansiado mañana. Mañana ese que quizá, quien sabe, nunca llegará. Puesto que la vida de pronto y sin pensarlo. Puede aparecer en forma de cruel zarpazo arrebatándonos aquello que más deseamos. Aquello que siempre tuvimos ahí pero no supimos ver. Dando al traste con todos esos sueños e ilusiones que durante tanto tiempo luchábamos por cumplir.

la vida nos ataca sin darnos cuenta de que tristemente el final nos alcanza.
Disfrutemos del momento, hagamos de nuestra vida un sueño y de ese sueño una realidad.

Imágenes: Pixabay

Es tiempo…

Es tiempo de regalar sonrisas, de sujetar abrazos y contener sentimientos, reprimir y aprender a gestionar emociones. Tiempo de despedidas arrebatadas, adioses inesperados y dolor en soledad.

Tiempo de añorar y tiempo más que nunca para pensar. En nosotros mismos y en los demás.

Tiempo de reflexión y arrepentimiento. Reflexionar y poner en valor cada pequeño detalle perdido, esos que hace ya demasiado tiempo que dejamos caer en el olvido.

Arrepentirse de esa llamada no realizada, o de aquella visita tantas veces aplazada, de cada gesto olvidado junto con tantos te quiero evitados.

Arrepentirse de aquel mal gesto, de aquella mirada innecesaria en un momento desafortunado.

Tiempo de curarnos en humildad, de poner en valor pequeños momentos y detalles claramente olvidados, esos que ahora han pasado a ser protagonistas de nuestra rutina diaria.

En definitiva, arrepentirse al echar la vista atrás y darse cuenta de haber dejado buena parte de la vida escapar.

Aunque indudablemente es tiempo de sentimientos encontrados, rabia, dolor e impotencia por esos duelos aún sin resolver, tantos sepelios con fecha por determinar. También es tiempo de esperanza, de mantener vivas las ilusiones y los sueños. De creer en la buena voluntad y solidaridad de las personas. Esas que cada tarde aplauden, esas que desde hace semanas no salen del rellano de sus casas si no es para las necesidades más básicas, esas que de forma desinteresada se ofrecen a traer la compra a necesitados, dependientes y ancianos. Esas que siguen confinadas otro día más en favor de nuestros padres o abuelos en todos y cada uno de los centros de día, hospitales o residencias de ancianos. Por no hablar de nuestros sanitarios. Esos que han cambiado sus ya de por si mermados momentos de sofá por largas jornadas de angustia e impotencia viendo demasiadas vidas escapar entre sus manos.

Aprovechemos la ocasión y hagamos del momento tiempo de mirar hacia adentro, dejar salir nuestro yo más oculto y escondido. Buscar la paz con uno mismo tratando de proyectar a los demás la mejor versión de nosotros mismos, compartiéndola con los demás. Aprender a encontrarse, dejar escapar esa bondad y regalar toda nuestra generosidad. Sacando a ese niño inocente que todos a menudo tratamos de ocultar en nuestro interior.

Tiempo para pensar que tarde o temprano todo esto acabará.

Tiempo de esperanza , pero sobre todo.

Es tiempo de creer en el valor de las personas.

Imágenes: Pixabay

Empatía

Esta palabra por todos codiciada y por tan pocos predicada. En estos días tan convulsos que vivimos con la incesante expansión del COVID-19 ya elevado a calificación de pandemia no reina sino la sinrazon y el egoismo por uno mismo anteponiendo los caprichos individuales frente a las necesidades colectivas de un problema claramente mundial.

Porque si de algo somos, no solo pioneros sino campeones ya no solo en Europa sino en el mundo, aquí en España es en criticar y exigir responsabilidades a nuestras autoridades y gobernantes (ya sean unos u otros) cuando ni siquiera somos consecuentes. No siendo capaces de cumplir unas recomendaciones básicas de convivencia, de «primero de párvulos». Acatando órdenes únicamente a golpe de talonario en forma de multa o arresto bajo supervisión policial. Para justificarnos seguidamente después culpando de todo al tan famoso y por todos conocido «afán recaudatorio»

Las administraciones cierran colegios y nosotros llenamos parques con nuestros niños, nos impiden la entrada en museos y nosotros llenamos bares. Pero claro, ya se sabe que un español con un cubata en la mano no solo lo sabe todo sino que es capaz de poner soluciones a cualquier crisis mundial.
Nos aconsejan no desplazarnos, y que hacemos, una visita a nuestros lugares de orígenes a intentar regresar el domingo con los maleteros repletos de productos frescos no contaminados y si se tercia, aprovechando que los peques no tienen cole. Pues porque no, vayámonos a la playa que allí seguro que respiramos aire más puro.En fin…

Supermercados desvalijados.Productos de primera necesidad que se esfuman incluso antes de haber levantado la persiana. Ciudadanos apremiando a cajeros y reponedores la apertura de establecimientos mientras aporrean puertas y cristales. Rancios humanos llegando incluso a las manos frente a las vacías estanterías de un super, peleando ya no por un brick de leche o paquete de arroz sino por un simple rollo de papel higiénico. Ya me explicaran de los poderes nutritivos de la celulosa.

Héroes sin capa, en forma de sanitarios que al llegar a casa y y despojarse de de su bata, la mascarilla y olor a formol, encuentran sus neveras vacías, sin lugar donde comprar a causa del egoísmo del resto de ciudadanos de a pie que han abarrotado sus frigoríficos en un alarde, claro esta que no precisamente de empatía.

Aún con todo, después parecemos los más inteligentes a la hora de quejarnos tachando las decisiones de gobierno administración e instituciones así como de nuestros sanitarios (a todas luces claramente desbordados) cuando, al menos unos, ya no tengo tan claro los otros, no hacen sino desvivirse por dar lo mejor de ellos a cada uno de nosotros cuando cruzamos el umbral de un centro hospitalario.

Todo esto no me hace sino pensar que probablemente y aunque duela decirlo, no tenemos mas que lo que nos meremos. Pues a veces durante esos días y en medio de la convulsa situación que estamos padeciendo tengo la extraña sensación de despertar de un mal sueño donde estaba en un patio de colegio sin profesores, carentes de disciplina alguna en un país de pandereta ,castañuelas y olé. Porque llegado el momento, y ha de llegar porque a las puertas está. Muchos serán los que lamentarán preguntándose ¿ y la feria de Abril que? mientras que otros serán los que digan ¿ Nuestra semana santa ? no no, esa no se toca. Anteponiendo una vez más sus creencias o interese personales a un problema común. De nuevo y una vez más, ¿donde está la empatía? Si no es necesaria en tiempos tan difíciles como éstos…

Me siento atrapado en un país dentro una sociedad egoísta e individualista que no me representa.

Nos extinguiremos si,
pero claramente de estupidez

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