Toda una vida

Por todos y cada uno de esos instantes dando simplemente lo mejor de vosotros en cada momento.
Por toda una vida cargada de sacrificios en favor siempre de los demás, familia pueblo, amigos y conocidos.
Por todas esas cargas emocionales en cada uno de mis tropiezos sabiendo estar siempre en el momento y lugar adecuado.
Porque vuestras derrotas se convirtieron en mis victorias y vuestras fortalezas limaron mis debilidades, haciendo de todos mis logros el mayor de vuestros orgullos.

Porque toda una vida no fue suficiente. Porque tu, si tu, te fuiste antes de tiempo, tan cerquita de un día tan importante aunque, a decir verdad, ¿qué demonios?, no nos engañemos, nunca hubiera sido buen momento para un adiós.

Porque una gran parte de mí, no sería yo sin vosotros.
Porque 50 años no es nada y toda una vida para vosotros no fue suficiente

Imágenes: Pixabay

Mi tren, tu tren

Antes de nacer, incluso antes de haber sido gestados en el vientre de nuestra madre, ya estamos predestinados a comenzar este viaje. Casi sin darnos cuenta nuestro tren comienza a andar y allí nos encontramos con nuestros padres, algunos de nuestros primos, tíos e incluso puede que ya algún amiguito, de esos que todos en algún momento tuvimos por cortesía de nuestros progenitores.

Durante nuestro viaje, el tren ira deteniéndose en muchas y variadas estaciones donde, en algunas de ellas nos tocará despedir a muchas de las personas que nos venían acompañando tales como hermanos o abuelos, dejando éstas un hueco imborrable en el vacío de sus asientos cual negra noche en el más duro de los inviernos. Por el contrario habrá otras muchas que nos acompañaran a lo largo del trayecto, e incluso nos dirán adiós en el final de nuestro viaje siendo nosotros los causantes de ese su vacío impenetrable en los huecos de los ya fríos y abandonados asientos. Sin embargo, en muchas de éstas paradas subirán a nuestro vagón nuevos amigos, compañeros y conocidos. Mientras que otras paradas vendrán cargadas de júbilo y emoción, llenando esos huecos vacíos con la ilusión de nuevos nacimientos. Puede que incluso alguna de estas estaciones nos muestre al amor de nuestra vida, ese que previsiblemente no se apearía de nuestro lado nunca… o puede que no, que esa compañía nunca compre un billete para nuestro viaje.

A lo largo del camino, nuestro tren pasará por altos y bajos, claros y nubarrones e incluso algún que otro accidente del que seguro salimos incluso más reforzados si cabe, provocado por el tortuoso camino en función de lo difícil del momento. Diferentes cambios de vía, idas y venidas en forma de rupturas, desavenencias, duras despedidas así como los tan ansiados reencuentros, matrimonios y reconciliaciones. Tramos cargados de alegría, otros más complicados invadidos por la tristeza mientras que unos pocos estarán llenos de emoción y fantasía. Porque tras la más dura y tortuosa de las tormentas siempre aparece esa luz que tras la calma te permite avistar con mayor claridad todas las ansiadas metas en el horizonte.

Dado que no sabemos en que momento el destino nos apeará del camino, tratemos de hacer el viaje junto a los diferentes pasajeros lo más agradable posible, disfrutando del momento entre las estaciones soleadas y luchando con la mejor de nuestras sonrisas en los trayectos más oscuros. Pues aunque nos cueste creerlo este, el tren de nuestra vida, solo pasa una vez, sin vuelta atrás más que para ver a toda velocidad lo que ya dejaste escapar y a buen seguro nunca volverá.

Ese nuestro tren, llamado VIDA…

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Vértigo

Niños anclados a tablets, intentando ampliar fotografías impresas en papel de revista en cualquier peluquería de barrio.

Infancias presas de las nuevas tecnologías, adolescentes de la mano de un móvil, más preocupados por el número de likes del último post que por ayudar a su anciana vecina con la compra, mirar al otro lado al cruzar la acera o saludar a cualquier viejo conocido.

Padres y madres a destiempo, movidos por cierto ansía de querer madurar antes de lo humanamente razonable que traen al mundo criaturas desvalidas, de las que luego no van a poder ocuparse.

Jornadas de infarto en la oficina, auténticos maratones como intentos de proliferas carreras laborales, finalizadas sin éxito en demasiadas ocasiones, frías como lúgubres sótanos invadidos por el desencanto del fracaso. Ansia de poder, codicia…

Ciudades repletas de nuestros semejantes, presos de la polución y adictas al consumo desmesurado, apelotonados como chinches en cubículos, sumidos en la desesperación y temerosos por ese desconcierto del momento en que nos vemos inmersos.

Sociedad marchita y corrompida por el vertiginoso ritmo de vida impuesto por todos aquellos que se hacen llamar «nuestros dirigentes»

Ciudades atascadas, colapsadas, infraestructuras, a todas luces insuficientes. Mientras, nuestros pueblos, aquellos que otrora fuesen causantes de nuestra historia, de vernos nacer y crecer como personas y sociedad, se vacían. Esos que aún hoy y por increíble que parezca siguen siendo el motor de nuestra cadena agro alimentaria, se abandonan.

Playas abarrotadas, verdaderas joyas naturales anteriormente protegidas, ahora ya completamente devastados por la inmundicia de nuestros semejantes.

Padres que obligados en cierta medida por la situación y circunstancias del momento dejan de lado a sus hijos anteponiendo sus brillantes carreras profesionales en grandes multinacionales donde solo son un número mas. Viendo pasar de lejos su infancia, adolescencia y juventud. Pero sin darse cuenta, y de una forma totalmente inconsciente, de que están olvidando lo más importante, la educación, esa que debería funcionar como bálsamo del engranaje que mueve el mundo y sin la cual se hace imposible convivir.

Que pare este mundo, que yo me bajo!!!

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Imágenes: Pixabay

Eramos

Cuando solo tu eras capaz de hacerme sentir protegido en tu regazo. Aun a pesar de todas las inclemencias de la vida.

Cuando conseguías hacerme ver que detrás de todos y cada uno de mis caprichos, por pequeños e insignificantes que pudiesen parecer, siempre se escondía el mayor de tus sacrificios.

Cuando fuiste capaz de entender que por increíble que pudiese parecer, los tiempos cambiaban y nosotros debíamos hacerlo con ellos, tu incluida, sabiendo sobrellevar la nunca fácil carga que supone el trato con un adolescente sin perder la siempre necesaria postura de autoridad pero a la par tratando de ganarse la de la mejor de las amigas.

Cuando hacías gala de ese oportunismo tan tuyo capaz de convertir cada uno de mus miedos en simples y valientes «tu puedes» impregnados de ese sabor optimista siempre tan característico cuando de ti se trataba.

Cuando eras capaz de hacerme entender que solo yo era quien podía luchar por conseguir mis sueños, y que si peleaba con todas mis fuerzas, tarde o temprano, se obtenía la recompensa.

Cuando me hacías ver que solo como fruto de mi esfuerzo llegaría la meta.

Cuando eras capaz de tenderme la mano guiándome a la hora de esquivar los baches sin importar lo tortuoso del camino.

Cuando la felicidad se convertía en algo tan simple y liviano como ver la vida pasar a tu lado. Porque sentimientos, nostalgia y pasado son términos difíciles de conjugar en el mismo contexto.

Porque cuan complicado se nos hace recordar cuando de vidas mejores y tiempos pasados se trata.

Luces y sombras

Cuando las lágrimas brotan, el frío te congela cual rocío al despertar en las frías mañanas de invierno, la incertidumbre te invade bloqueando todos tus sentidos.
La oscuridad te atraviesa como el filo del metal en la más cruda de las batallas, recorriendo como un penetrante escalofrío todo tu cuerpo.
Es entonces cuando la tristeza se convierte en tu mejor aliada, la soledad acaba siendo tu compañera de viaje y el alma se encoge trayendo consigo el más profundo y oscuro de los vacíos. Vacío ese que te conduce a rozar el abismo tornándose imposible de discernir entre ilusión y realidad.

 

Miradas perdidas

Miradas perdidas que se camuflan entre el calor de los abrazos a cada despedida. Miradas perdidas entre la frialdad y lejanía de una nueva partida contra los cristales en el viejo andén.
Miradas que se desvanecen, fundiéndose en el horizonte de cada nueva huida.
Miradas escondidas entre la penumbra de las oscuras noches de invierno en las solitarias calles desiertas.
Miradas hundidas en la lejanía de vidas pasadas y tiempos mejores.
Miradas perdidas entre la nostalgia y amargura de lo que pudo haber sido y nunca fue.
Miradas que se esfuman evaporadas entre la condensación de los fríos días en la soledad y la tristeza del momento.
Miradas perdidas en el vago recuerdo de tantos momentos que no volverán. De todas esas gentes que ya jamas regresarán.

Miradas escondidas entre los laberintos de la incertidumbre y el desconcierto.
Miradas escondidas, cobardes, detrás de todos y cada uno de aquellos quiero y no puedo todavía latentes en el recuerdo a cada despertar.
Miradas escondidas, en la distancia, abandonadas en la lejanía de los abruptos senderos maltrechos y agotados ya por tantos viajes sin retorno.
Miradas escondidas tras el amargo sabor de una nueva e inevitable partida más.
Miradas camufladas entre las sombras de la tristeza en la soledad de las noches más amargas.
Miradas escondidas a las puertas del olvido tratando de negar tantos secretos escondidos bajo llave tras de sí.

Miradas perdidas, sentimientos encontrados, a golpe de retrovisor domingo tras domingo cuando el camino de vuelta te conduce irremediablemente a la lejanía de tu lugar de origen.

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Imágenes: Pixabay

De la hipocresía de algunos y el radicalismo de otros

Acaso, es que haciendo gala de esta demagogia tan de moda hoy día van a intentar hacernos creer ustedes señores animalistas, que el sufrimiento de un animal silvestre abatido a golpe de disparo certero es comparable al de cualquiera de uso doméstico obligado a desangrarse hasta desfallecer de una lenta agonía en cualquiera de nuestros mataderos industriales tras una espeluznante punzada, para terminar después en la carnicería de un supermercado en forma de cualquier alimento cotidiano.
Porque me encanta como predican hoy en día amparándose en esa falsa moral, o es que acaso el cerdo que ha vivido en libertad de la tranquila dehesa sin ningún tipo de stress no sufre en el preciso momento en el que el filo del cuchillo hace su reluciente aparición introduciéndose a través de la traquea hasta llegar a cercenar el corazón provocando una lenta agonía por desangramiento del animal.
Es que acaso muchas mentes hipócritas se atreverían a negar que este y otros muchos sufrimientos en algunos tipos de vida animal no son todavía hoy día necesarios en esta sociedad en la que vivimos. Esas mentes tan hipócritas que llenan su carro de la compra sábado a sábado con productos de origen animal, creyéndose resarcidos porque según ellos, son de esos que han llevado una vida digna sin maltrato y libre de presiones, pero y la dignidad en la muerte de un ser vivo para el consumo humano ¿me lo explican ustedes señores animalistas? ¿Y la dignidad en el preciso momento en el que no somos capaces de retirar de nuestra dieta productos como el jamón o el chorizo, chuletón o cualquier marisco? Igual es que olvidamos que el centollo o las nécoras también son seres vivos muertas a manos de nuestros semejantes.
Acaso es que es menos digno que un cachorro pueda desempeñar labores de ayuda con invidentes frente a tenerlo enclaustrado durante todo el día en un cubículo de no más de 60 metros cuadrados por muchos paseos que se le de. Entre sus planes también está el de prohibir el uso de determinados animales en labores de salvamento. ¿También eso es maltrato?
Abran todos ustedes sus neveras armarios y zapateros para intentar clarificar la dosis de hipocresía en la que nos vemos inmersos.

Imágenes: Pixabay

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Momentos cargados de recuerdos, situaciones que solo evocan nostalgia e inmensos vacíos imposibles de llenar, capaces de poner los sentimientos de cualquiera a flor de piel. Es entonces cuando apareces tú, luchando contra viento y marea siendo capaz de contagiar esa desgarradora fuerza haciendo sentir protegido cual niño acurrucado al cobijo de un abrazo en la peor de las penumbras a todo aquel que esté a tu alrededor.
Porque a tu lado, mis miedos se llenan de esperanza y mis tristezas se tornan en alegría siempre de la mano de esa eterna sonrisa tuya, imborrable aun en las situaciones más difíciles, en los momentos más duros.

Por tu fortaleza digna de admiración.
Por cada uno de esos amargos momentos camuflados entre bromas y risas.
Por todas y cada una de esas veces que te caíste y no has dudado en volver a levantarte por muy nublado que se vislumbrase el horizonte.
Gracias, por hacernos el día a día mucho más fácil con tu actitud y tu forma de ver la vida.

Miedo … al olvido

Esa extraña sensación a menudo venida de la mano de la incertidumbre.
Ese desconcierto ante un posible peligro que sobrevuela tratando de colarse por la ventana de nuestros sueños en la oscuridad de una noche de tormenta.

• Miedo a buscarte y no encontrarte.
• Miedo a perderme en tu mirada aún a sabiendas que ya no volveré a verte.
• Miedo a no poder abrazarte.
• Miedo a no poder hablarte y jamás volver a escucharte.
• Miedo… a comenzar de cero y sin ti, sin tus dulces besos y sabios consejos.
• En definitiva, miedo a
perderte en el olvido de los años pasados en los cajones repletos de fotos antiguas y momentos vividos.

Dichoso miedo, esa sensación a veces tan temida, por todos tan odiada

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Imágenes: Pixabay

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