La brecha

Me pregunto si habrá sido una excusa más, o si realmente ha sido esta pandemia en forma de crisis sanitaria mundial la culpable de volver a poner de manifiesto malos recuerdos abriendo con ellos viejas heridas. Una antigua brecha nunca superada.

Culpa de nuestra historia reciente según algunos. Esa que aún hoy, unos cuantos lustros después nos persigue enfrentando a hermanos amigos y conocidos. Esa brecha que nos hace sentirnos obligados a posicionarnos de un lado o de otro, creyéndonos orgullosos de ello. Puesto que si no estás a favor o en contra parece que no eres nadie. Diferencias éstas por momentos olvidadas que hoy vuelven a ponerse de manifiesto.

Nos encontramos atrapados en una sociedad en la que para ser partícipe has de posicionarte. Ya desde bien pequeñito si no lo haces como creyente seras tachado de ateo. A medida que van pasando los años te sentirás obligado a decidir casi de forma inconsciente si eres de ver la vida del color de las rosas o por el contrario prefieres la libertad de las gaviotas. Mientras escoges si mirar el tiempo pasar en tonos rojos o mejor azules celestes.

Esa sociedad en la que o eres eres de tímidos aplausos entre humildes balcones o más bien de cacerolas en barrios castizos de cayetanas perfumadas envueltas en joyas, quizá incluso heredadas.

Acaso es que no necesitamos complementar nuestra mano derecha con la izquierda siendo lícito utilizar tanto una como la otra de forma indistinta para vivir.

Esas dos Españas históricamente enfrentadas que hoy arden con más ímpetu que nunca calcinando todo a su paso. Furia rabia y violencia avivan las cenizas removidas por éstos y aquellos como único alimento hasta provocar la chispa. Sin ser lo suficiente inteligentes como para darnos cuenta de que cargar contra nuestros semejantes poco o nada ayuda mientras nos desangramos internamente sin poder percibir que irremediablemente y por mucho que nos pese. Todos somos viajeros del mismo barco.

Tratemos todos de remar a la vez dejando a un lado los clichés y etiquetas preconcebidas apartando nuestras discrepancias o acabaremos por zozobrar ahogándonos definitivamente en un mar de dudas y desconcierto. Ese hacia el que ya vagamos sin rumbo ni timonel. Ese en el que sin duda ya está sumida Europa cuando de decidir sobre nosotros se trata.

Tan solo la humilde opinión de un cateto incomprendido que quizá esté enormemente equivocado.

Imágenes: Pixabay

El futuro no existe

Desde niños nos inculcan a fuego la idea de labrarnos un futuro, a pensar única y exclusivamente en el porvenir del mañana. Haciéndonos creer que sin un futuro no seremos nadie de provecho en esta jungla en la que nos toca batallar.

Nos pasamos la vida pensando en el mañana en lugar de ver con claridad el aquí y ahora. Estudiamos para lograr un buen trabajo y cuando lo conseguimos, no solo nos dejamos la piel en sangrantes jornadas de trabajo interminable. Sino que nos sentimos también en la obligación de seguir luchando por el ansia de ir a más. Sin pararnos a pensar que quizá no es sino fruto del miedo a sentirnos sujetos indiferentes dentro de la sociedad.

Ilusiones frustradas de la mano de sueños abandonados en favor de nuevas metas. Emociones que se pierden ante el frío de la continua dejadez por falta de tiempo. Falsas esperanzas inútilmente camufladas tras el difícil peso de la rutina diaria.

Desenlaces inesperados a causa de tantas ambiciones fallidas. Demasiados proyectos fracasados que se disfrazan tras los engaños de esa supuesta futura vida mejor que nunca llega. Momentos que se esfuman entre la desesperación y confusión de cada reto inacabado oculto a la vuelta de cada obstáculo no sorteado.

Sueños incumplidos, desesperación, dolor, pena, frustración…

Creemos hipotecar nuestra cuenta corriente cuando en realidad estamos empeñando nuestros sueños e ilusiones, sentimientos y pasiones, incluso nuestro propio bienestar en aras de un supuesto mejor porvenir. Sin llegar a ser capaces de ver como abandonamos entre los caminos de la frustración nuestro bien más preciado. «El tiempo». Ese tan valioso que no se compra ni se vende. Y que por desgracia ya nunca vuelve.

El tiempo pasa casi sin darnos cuenta de todos esos anhelos abandonados en los trayectos carentes de firmes propósitos. De tantas esperanzas desvencijadas y rotas en el trayecto repleto de deseos marchitos como si de una margarita desojada por los anhelos de una impetuosa adolescencia se tratase.

Evitemos vivir una vida desordenada y alborotada en medio de toda esa marabunta que nos consume a cada instante. Esa vida que en demasiadas ocasiones y muy a nuestro pesar, no nos pertenece, fruto de una realidad paralela y distorsionada dentro un mundo artificial. Sumergidos en nuestra burbuja de cristal como fruto de un ideal que, no nos engañemos, tampoco existe.

Vivamos el presente, estrujemos el momento, acariciemos cada instante recorriendo los recuerdos. De ese pasado que si existe y al que en demasiadas ocasiones dejamos escapar mientras, malgastábamos el tiempo pensando en el tan ansiado mañana. Mañana ese que quizá, quien sabe, nunca llegará. Puesto que la vida de pronto y sin pensarlo. Puede aparecer en forma de cruel zarpazo arrebatándonos aquello que más deseamos. Aquello que siempre tuvimos ahí pero no supimos ver. Dando al traste con todos esos sueños e ilusiones que durante tanto tiempo luchábamos por cumplir.

la vida nos ataca sin darnos cuenta de que tristemente el final nos alcanza.
Disfrutemos del momento, hagamos de nuestra vida un sueño y de ese sueño una realidad.

Imágenes: Pixabay

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